Edición Limitada

Aquellos maravillosos 90

Qué diferente es la Navidad ahora que no creemos en los Reyes Magos…qué emoción cuando pensábamos que entraban en casa a dejarnos regalos. En mi caso, los Reyes dejaban guantes en mi cuarto porque entraban a verme y todo, claro que como estaba dormida nunca llegué a verlos. El primero que se despertaba avisaba al resto de la familia para ir juntos al salón, al que llegaba una hilera de caramelos que nos habían dejado Melchor, Gaspar y Baltasar. ¡Qué tiempos!

Y qué me decís de los regalos, esos patines más grandes que tú, ese tamagochi que no te dejaba hacer tu vida…ahora con el iPhone son felices. Me siento vieja al decir estas cosas, pero es cierto que, en poco tiempo, el tipo de regalos ha cambiado mucho.

El tamagochi que pitaba porque quería comer, hacer pipí, ducharse…y si no le hacías caso, el pequeñín se moría, aunque todos conocíamos el botón de reinicio que presionábamos con un palillo, y dábamos vida a un nuevo bichito.

Un juego que arrasó en los patios escolares, especialmente entre los chicos, fueron los tazos. Algunos salían en las patatas de la popular marca “Matutano”. Unos de plástico y otros de cartón, se colocaban en diferentes hileras, cogías tu tazo de la suerte, ese que utilizabas siempre para lanzar, y aquellos que quedaran boca abajo tras el impacto eran tuyos, un turno por persona hasta terminar con todos ellos.

Casi todos teníamos un discman para escuchar música. La versión moderna del walkman del momento. Comprabas tus CD´s, los cuales guardabas en una disquetera negra de plástico, o bien en una más pequeñita que se cerraba con una cremallera. Metías tu CD, presionabas el “play” y no sabías que canción llegaba hasta que te aprendías el orden de memoria, ya que lo único que aparecía en la pantallita era el número de la canción y los minutos que llevaba (esto último en los más modernos).

Qué revolución la llegada de una Enciclopedia interactiva. La Encarta Enciclopedia nos descubrió un mundo de posibilidades para realizar los trabajos de clase, ahí empezó el copia y pega para hacerlos…

Una locura femenina fueron las planchas del pelo. Esas planchas con distintas bandas de cerámica para alisar, ondular, rizar…exitazo las ondulaciones pequeñitas como las que llevaban las famosas del momento.

Encendíamos la tele y… ¡Power Rangers! Cada uno tenía su favorito: rosa, azul, rojo, negro, amarillo y verde. A casi todas las chicas nos gustaba el rosa, por supuesto. Guiados por Zordon, luchaban contra el mal en cada capítulo.

Pokemon también marcó tendencia, Pikachu era el favorito de casi todos. Sacaron cromos, muñequitos de plástico y aquellas bolitas rojas y blancas de las que salían los muñequitos llenos de fuerza.

Las chicas éramos más de Sabrina, cosas de brujas. Salem, ese gatito negro parlanchín, era el personaje gracioso de la serie. Hilda y Zelda Spellman eran las tías más enrolladas del mundo, y Harvey el mejor novio.

No podemos dejar de hablar de las pesetas. Recuerdo especialmente la moneda de 25 con ese agujerito en medio que la hace inolvidable. Mi abuelo me daba todos los domingos 100 pesetas para comprar chucherías en la entrañable “Mayca”, donde íbamos todos los niños con lo que habíamos conseguido que nos dieran. Madre mía 100 pesetas, eso era casi casi de ricos y podíamos comprar una buena bolsa, y pensar que ahora no es ni un euro…

Los patines de PlaySchool azules y naranjas con esas tiras de velcro. Quién no se ha caído más de una vez de esos cacharros. Los velcros bien ajustados al pie y a patinar que nos íbamos, pero con la máxima seguridad que daba ese freno de goma situado en la parte trasera. Hay que ser prudentes.

Horas y horas invertimos en la Nintendo 64, la Sega y la Game Boy, siendo mucho más moderna la Game Boy Color. El Sonic, ese bichito azul que giraba para saltar de un lado a otro, Mario Bros, y un largo etcétera. Si un juego se estropeaba, no había nada que temer, lo sacabas, soplabas la ranura y listo.

Aunque los domingos nos poníamos creativos con Art Attack, un programa presentado por Jordi Cruz, en el que también participan el cabezón y ese curioso hombre que nunca hablaba y hacía figuras en el suelo.

“Mi miedo”, “te quiero”…eran algunas frases que nos regalaba nuestro Furby. No era difícil saber cuándo se estaba quedando sin pilas porque su voz se volvía diabólica.

Más creciditos llegó el Messenger, y con él los nicks o estados. ¿qué te enfadabas con tu novio? estado de despecho dirigido a “nadie”, ¿qué te enfadabas con tu amiga? estado de despecho dirigido a “nadie”. Generalmente fragmentos de canciones que se escuchaban en ese momento, esa música que nos parecía buena y ahora nos da vergüenza recordar las letras. Los primeros flirteos por Messenger, los primeros besos, primeros novietes…inolvidable.

Luego llegó el móvil, más conocido como el ladrillo. Sacabas la antenita, quitabas la tapa del teclado, y a hacer perdidas a tus amigos. Perdidas, mensajes y la snake, eran las funciones primordiales de estos zapatófonos indestructibles, y que solo necesitaban cargar su batería una vez cada dos o tres días, no como ahora…

Odina Sanz Barnola