Opinión

Así se rieron de casi 200 muertos

No sé dónde andaría usted un 11 de marzo de 2004 cuando estallaron las bombas de los trenes de la vergüenza. A quien le habla le pilló el asunto en casa, desperezándose, con una sensación amarga en el cuerpo como un extraño preludio de algo fatídico, aunque no tanto como lo que me horrorizó al encender la pequeña pantalla.

Recuerdo que las primeras palabras que le dije a alguien fueron: “estos cabrones de ETA”. Solo dos horas después sabía que ETA no había sido. Una hora después vi, como todo el mundo, la rueda de prensa de un ministro que se negó a decir ETA, aunque horas después fuera sacado al suicidio político al incriminar a los terroristas patrios con una acusación que nunca, salvo que hubiera elecciones a tres días vista, habría sacado a relucir responsable político alguno. Recuerdo a un presidente del Gobierno hablando esa tarde de “el grupo terrorista por todos conocido”, pero sin mencionar ni una sola vez, de forma expresa, a ETA.

Recuerdo titulares de prensa… internacional, el viernes y sábado, negando el vínculo con ETA. Y al Gobierno haciendo el ridículo con una circular enviada a las principales cabeceras sugiriendo que se emplease la palabra ETA, pero como sugieren los Gobiernos; es decir, si quieres seguir chupando del bote, haz lo que te digo. Recuerdo el dolor compatible con la indignación expresada en un grito unánime en toda España: “quién ha sido”. Recuerdo a quien hoy es presidente con una entrevista publicada en plena jornada de reflexión y afirmando “ha sido ETA, tienen ustedes que creerme”. Diez años después, tenemos solo memoria de víctima, pero ya no nos acordamos de cómo nos tomaron el pelo.