Opinión

Caperucita Esperanza y los árboles que no la dejaban ver el bosque

Permitanme que hoy les cuente un cuento. El de una niña bien, o para ser más exactos, el de una aristócrata que quiso ser política… Y lo consiguió. Esa niña, que llevaba por nombre Esperanza, resultó ser, además, de esas mujeres Aguirridas que ni se callan ni “hablan en politiqués” y que lejos de esconderse tras pantallas de televisión “siempre” acude y atiende a los medios, tanto a los “más amables como a los más hostiles”.

Caperucita Esperanza, llamada así porque ultimamente viste de rojo, es una defensora firme de los árboles. De hecho piensa plantar un montón de ellos en la castiza Puerta de Sol. Quizá sea por eso, por lo de que los árboles no la dejan ver el bosque, no se da cuenta de que el lobo se ha comido el bienestar de muchos madrileños obligados a vivir al borde del precipicio del sesicientos-eurismo (¡y gracias!). Un bosque repleto, por cierto, de árboles amigos que se reparten pasteles de casi 90.000 euros anuales (¡y eso sin contar gastos o complementos por prolongación de jornada o disponibilidad horaria!).

Un bosque repleto de árboles amigos, como Aena, a los que ataca de forma sibilina cuando lejos de guardar silencio da “un pequeño toquecito” por las elevadas tasas aéreas de los vuelos low cost de Barajas. O de colegas de la familia de los Ruíz Gallardón, Aznar o Botella, a los que tras alabar con frases como “esa gran mujer que está detrás de un gran hombre”, culpa de haber cubierto la trasera del Palacio de Cibeles y Correos “con cinco pisos que hay que calentar y enfríar”, de haber multiplicado la plusvalía por cinco o de las multas con afán recaudatorio con las que a golpe de cetro y de mando “quiero acabar”.

Más allá del miedo a los aullidos de campañas precipitadas y deudas de casi 6.000 millones de euros, Caperucita Esperanza continúa con paso firme, acusando de socialdemocracia y “atentados” contra la libertad a sus oponentes (¡eso sí sonrisa mediante!). Y se entretiene a jugar con el árbol del patrimonio de un Ayuntamiento que volverá allí, al lugar de donde nunca debía haber salido, a la Casa de Cisneros. Un patrimonio de 17.500 edificios que “se es necesario” se empleará para pagar todo lo que suma la cuenta del debe. Alquilándose quizá a o por más empresas llenas de amigos que de tan necesitados se verán obligados a  emplear coches con chóferes, pero no de esos rojos, azules o blancos, sino de los negros brillantes.

Touché Caperucita Esperanza. Touché.