Opinión

Cuatro personajes en busca de un autor

Blanca y radiante va la novia, decía una vieja canción de la época franquista, aquella en la que los españoles sólo tenían que pensar en cómo poder comer al día siguiente, o si lo que ganaban les daría para pagar las letras del seiscientos. Entonces no tenían que preocuparse por ejercer sus obligaciones y derechos ciudadanos; se les decía lo que tenían que hacer y lo hacían, y a muchos les parecía hasta bien. Pero llegó la democracia y lo fastidió todo. Ahora somos europeos, demócratas y además tenemos que mojarnos.

Durante varias legislaturas, el llamado bipartidismo nos ha eximido de esa dificultosa elección, o votábamos a uno o al otro, y a seguir con lo nuestro. Además, como los pisos siempre subían de precio, pues se invertía en ladrillo y a esperar la cosecha. Lo del ladrillo se les acabó a muchos hace unos años, y lo de la comodidad parlamentaria, se acabó anoche. Las cuatro novias aparecían flamantes ante el electorado, y las cuatro se han quedado compuestas y sin novio. ¡Bienvenida sea la democracia! ¡Bienvenida sea la política!

Pero claro, eso de que haya que negociar para formar gobierno, empieza por ser algo complicado, por la falta de costumbre principalmente. Y la bolsa se pone a bajar, y la prima de riesgo a subir, y ese mundo ficticio en el que hemos vivido los últimos veinte años se da de morros contra el escenario, y muchos europeos esbozan una sonrisa, pensando que van a hacer ahora los españolitos sin los fondos europeos, con cinco millones de parados, con más de un billón de deuda, con un déficit que no han podido controlar y con unas pensiones que no podrán pagar.

Luigi Pirandello, un maestro del teatro, escribió su inmortal obra “Seis personajes en busca de un autor” (Garzón y Herzog se han quedado tan solo con una pequeña frase intrascendente) como la búsqueda existencial del ser humano para asumir el papel que le toca representar en esa obra, léase la futura legislatura. Los personajes de Pirandello se empeñan en cobrar significado en escena, durante su representación; el director insiste en poner orden; los actores hacen esfuerzos infructuosos por representar sus papeles; pero, finalmente, todo se hunde en una profunda incertidumbre, donde dejamos de saber cuál es la realidad y cuál la ficción.

Nuestros cuatro personajes no han hecho más que prometer ficción, léase menos impuestos, más prestaciones, más gasto, mejores pensiones, millones de puestos de trabajo. Todo ello, porque sabían que ninguno de ellos iba a gobernar, y que ahora es el momento de la negociación, y siempre le podrán echar la culpa al otro (es que no me deja, es malo). Pero los que hemos observado la obra desde la platea, hemos visto lo que realmente pasaba. Nadie ha hecho propuestas realistas sobre los verdaderos problemas que tiene España. Nadie ha osado tocar el tema catalán, no vaya a ser que me quite votos. Nadie ha planteado qué va a hacer con la creciente amenaza que para la seguridad de los ciudadanos tiene la amenaza yihadista (e incluso le hemos hecho el feo a Hollande cuando nos pidió ayuda, después de lo que les debemos a los franceses por su inmensa ayuda para acabar con el cáncer etarra). Y por supuesto, nadie ha dicho cómo va a arreglar los cuatro jinetes del Apocalipsis que campean por España: paro, déficit, deuda y quiebra del sistema de pensiones.

Por tanto, tenemos a cuatro personajes en busca de un autor, que no es otro que la Sra. Merkel, que en estos momentos estará muy preocupada por lo que va a pasar ese “lander” mediterráneo que tutela desde hace años, y que de vez en cuando se le revoluciona un poco. Ella que, a pesar de la bonanza económica que tiene en su país, está pensando en disminuir de dieciséis a seis los estados federados para ahorrar, pero que permite que en España siga habiendo diecisiete autonomías y más de ocho mil municipios gastando como si tuvieran una máquina de hacer billetes en el trastero.

Seamos realistas. España no tiene grados de libertad para hacer políticas populistas, ni puede permitirse una negociación entre los candidatos elegidos sobre la base del incremento del gasto, de las bajadas de impuestos o de dar rentas básicas a todo el mundo. Simplemente, el caldero de los ducados está vacío, y no hay de donde sacar. Cualquier acuerdo que implique un cambio de política económica será vetado por la Sra. Merkel, y bastaría con que lanzase una mera sugerencia a los mercados, para que desaparecieran los compradores de deuda pública que se gastan todos los meses cuatro mil millones de euros en sostener el ficticio estado del bienestar de los españoles.

La endeble recuperación económica de los dos últimos años se puede venir al traste, si se llegan a pactos que supongan cambios radicales en las políticas de ingresos y gastos. Basta con que haya un mero anuncio de que puede llegarse a un “pentapartito” a la italiana, para que la bolsa y la prima de riesgo sigan caminos muy distintos, y claramente opuestos, y ello significaría desempleo, déficit y probablemente la imposibilidad de financiarlo.

Es el momento de que nuestros cuatro personajes se sienten en una mesa redonda (por lo de que no empecemos a poner los galones encima de ella), y sin condiciones previas discutan qué es lo que le conviene a España y a los españoles. Es hora de que por fin surja la política y no el colocar a los amigos. Es hora de que se disminuya el enorme e innecesario coste de las Administraciones Públicas, de la reordenación territorial, de decidir si es adecuado o no un estado federal, y de dar de una vez una solución al denominado “problema catalán”. Es el momento de que se haga una reforma educativa en serio y consensuada, y que nos sirva para los próximos veinticinco años. Es, en fin, el momento de los hombres de Estado, de esos que teníamos en la Transición y que parecen haber desaparecido del territorio patrio. Tenemos una oportunidad, por favor, aprovechadla.

Miguel Córdoba

Profesor de Economía Financiera

Universidad San Pablo CEU