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Sergio García y su destino

Hoyo 15 de Augusta. Un par 5 endemoniado con una llegada a green con agua delante. Sergio da un segundo golpe que bota justo antes de la bandera y choca con ella consiguiendo dejarla a casi dos metros a tiro de Eagle y que pudo ser Albatros. (Albatros el “der Pisha” en ese mismo campo hace unos años). El siguiente golpe es decisivo. Si Sergio emboca, restará dos al hoyo y superará a Justin Rose que en estos momentos le gana. Sergio patea y la bola va , rueda, rueeedaaa, rueeeedaaaa yyyyyyyyyyyyyy da una última vuelta a cámara lenta que cae en el hoyo provocando el delirio de los aficionados y el objetivo. Ahora sabe que hoy es su día.

En 1999, estaba jugando la ronda final de la P.G.A., a la edad de apenas diecinueve, Sergio García alcanzó el décimo octavo hoyo con un golpe detrás del líder, un tal Tiger Woods. Mientras esperaba en la caseta, según los que estaban allí, dijo: “Chicos, me estoy divirtiendo mucho. Esto es tan grande, que ni siquiera me importa si gano. “Toda la semana, la multitud había emocionado al joven español. Él hizo par en el décimoctavo, quedó en segundo lugar en el torneo, y declaró que fue la semana más grande de su vida. El deporte del golf parecía tener, junto con Woods, un segundo niño prodigio en sus manos. Al parecer, sería una cuestión de tiempo antes de que García-“El Niño”, ganara su primer Grand Slam.

Pasaron casi veinte años. El domingo, a la edad de treinta y siete años, con la barba plateada, García ganó el Masters, su primer campeonato importante, en lo que fue su 74ª aparición en uno de los cuatro grandes torneos del deporte. Después de lograr un putt y birdie en el primer hoyo de un playoff a muerte súbita, contra Justin Rose, la multitud gritaba alrededor para animar a un golfista que ya no era el chico flaco en los holgados pantalones con la sonrisa entre los dientes. A lo largo de los años, García había crecido y se había revelado como un hombre defectuoso, emocionalmente vulnerable, y dispuesto a ser sincero acerca de un tema que pocos otros atletas profesionales se permiten hablar en público: la duda.

García se acercó al olimpo en varias ocasiones: perdió un putt derecho con el que habría ganado el Abierto Británico de 2007 y terminó entre los diez primeros en más de veinte Majors, pero habitualmente los perdía en los últimos hoyos.  Mientras tanto, su imagen pública sufrió. En 2002, en el Open USA, en Bethpage, un campo público en Long Island, los espectadores de la multitud se burlaban de él mientras se demoraba en sus golpes, pasando una cantidad excesiva de tiempo cogiendo ysoltando el grip del palo. Asustado por estos waggles aparentemente involuntarios, como se conocían, García parecía inquieto y nervioso. Se dice que él fué quien se metió con Woods y, en un momento bajo, hizo una broma racista en una cena de premios sobre la invitación de Woods para el pollo frito. (Se disculpó, y Woods dijo más tarde que era hora de que todo el mundo olvidara aquello). García podía ser grosero, faltoso y, como con su comentario sobre Woods, inconsciente y mezquino. Todo esto lo hizo un villano para algunos fans, y se dio cuenta. Después de una derrota en el Open Británico, dijo que sentía que todo el mundo estaba en su contra.

En 2012, García parecía haber renunciado a cualquier esperanza de ganar un major. “No soy lo suficientemente bueno”, dijo a los periodistas en el Masters de ese año, después de una tercera ronda pobre se fue del campeonato. “No tengo lo que necesito tener. En trece años, he llegado a la conclusión de que necesito jugar para el segundo o tercer lugar. “Más tarde, añadió,” tuve oportunidades y oportunidades y las desperdicié. No tengo más opciones. En una década de golf, García había pasado de no preocuparse por la victoria debido a la pura alegría de jugar a no preocuparse por la victoria de una especie de necesidad psicológicamente protectora. Había ganado más de veinte torneos más pequeños, en su momento ocupó el segundo lugar en el mundo, y había logrado millones como jugador y portavoz del producto. Pero, cuando se trataba de las grandes ocasiones, García, por su propia admisión, carecía de la “cosa”. Para algunos, la franqueza de García sonaba como una rendición: el golf es un juego solitario en el que los jugadores compiten contra el campo, y ellos mismos, tanto como entre sí. Los psicólogos del deporte son tan exigentes como los entrenadores de swing, y un jugador que admite que no cree que puede ganar hace una mala apuesta, especialmente cuando lleva la carga adicional de ser conocido como el mejor golfista, quizás que nunca, nunca ganara un Torneo mayor. Sin embargo, al renunciar a la exuberancia, García descubrió la persistencia. Podría haber sido condenado, pero siguió apareciendo.

El domingo, cuando él y Rose acabaron la primera vuelta, parecía que García estaba una vez más jugando para ser segundo. Tiros equivocados en el décimo y undécimo condujeron a bogeys, y, después del golpe de salida del par-cinco decimotercero que se alojó en la base de unos arbustos de azaleas (famosas en Augusta), obligándolo a tomar un golpe de penalidad, la escena tenía un aspecto familiar . Entonces García logró salvar par en ese hoyo, mientras que Rose no pudo restarle más golpes de ventaja. Tan pronto como salió del trece,  García se enderezó. Jugó de maravilla el catorce y consiguió el Eagle imponente en  elquince. Tres pares para terminar la ronda fueron lo suficientemente buenos para forzar un desempate.

Mientras los aplausos le rodeaban durante la ronda final, García devolvió la energía, sonriendo, sacando el puño a pasear, mostrando la alegría de “El Niño” de 1999. Pero no fue ese chico el que ganó el domingo. Era el otro García -el que había desconcertado, y de vez en cuando enfurecido a los aficionados a lo largo de los años- y que finalmente tomó un descanso.

Se perdió un putt para birdie en el dieciséis y otro putt en el dieciocho para ganar el torneo de forma definitiva, para consternación de los aficionados detrás de él. La palabra “Auto-estrangulación” estaba de repente en todas partes en Twitter. Rose podría haber aprovechado cualquiera de estos errores para ganar. En cambio, en el playoff, Rose se fue de salida a los árboles de la derecha, y desde ahí todo lo que García tenía que hacer era hacer par desde la calle.

Durante todo el día, como lo había hecho durante casi veinte años, había hecho que el golf pareciera difícil, su resultado era tenue y potencialmente cruel incluso para uno de los jugadores más talentosos del mundo. Después de Rose sedejó un putt para el bogey en el Hoyo 18 (primero) del playoff, García tenía dos putts para conseguir el par y ganar.

Y luego, porque de vez en cuando hay justicia en el golf, incluso para García, hizo el birdie. Y ganó. Ganó la Chaqueta Verde. La que no tienen Lee Westwood, Gregg Norman (el tiburón blanco) y muchos más. Con la que sin ella no puedes entrar en el reservado de Augusta Only for Green Jacket Members. Pero como ha dicho ayer, piensa casrse.

Dice el Cholo Simeone que “el destino ya está escrito y que solo con el trabajo se puede ayudar a decantarlo hacia nuestro lado”. Seguro que Sergio lo sabe y ha trabajado sin parar en todos los sentidos para conseguirlo y además sabiendo que el golf es un deporte cruel  pero maravilloso,  e incluso a veces es justo y encima, en el día del 60 cumpleaños de Seve.

Gracias y ¡¡¡Felicidades Campeón!!!