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Nos gusta España, pero no ahora

Todo el mundo sigue sin perder de vista España como un buen negocio, pero no recomiendan la entrada ni ahora, ni durante los próximos meses. Es el sabor agridulce que nos vuelve a dejar esta jornada, en la que los más optimistas afirman que España no ha dejado de interesar a los inversores, pero en el que los más pesimistas afirman que tendremos que ‘sacarnos las castañas del fuego’ por nosotros mismos.

El último ejemplo es de dos estrategas de Goldman Sachs en Londres, aunque también el que nos regalan la mayoría de analistas bursátiles españoles. Todo el mundo mira ahora hacia Estados Unidos, pero sin perder de vista nuestra renta variable de la que recomiendan mantener en los pensamientos, pero no pasar a la acción.

El complicado papel de España, es que los atractivos que presentan nuestros respetos deben quedar apartados y la garra nacionalista debe tirar de colmillo para producir – por sí sola – el crecimiento económico que nos permita volver a ser un país lo suficientemente atractivo como para que en los ecos de los mercados retumbe de nuevo el nombre de España como puerto de entrada de capital extranjero.

El problema es que España tiene ahora que luchar contra muchos frentes que parecen empeñados en bachear el camino hacia el crecimiento económico: por un lado el evidente problema que se ha auto-provocado el Gobierno con unas reformas y presupuestos que no tienen pinta de producir un incremento económico. Es más, lejos de cumplir su objetivo (cumplir con el 5,3% de déficit), éste podría dispararse hasta el 6% o incluso – según han vaticinado algunos de los expertos – elevarse hasta el 7% si no se toman nuevos estímulos de crecimiento, o si no se llevan a cabo más subidas de impuestos estratégicos, que a pesar de la caída de la recaudación, siempre incrementan sustancialmente las arcas del Estado.

Por otro lado está el problemático aumento de buena parte de ‘gurus’ económicos que siguen empeñados en afirmar que el final del túnel por el que atraviesa España es la salida del euro, tal y como dijo Nouriel Roubini.

Lo cierto es que, detrás de buena parte de esas interpretaciones, se esconde un afán especulador, en el que los designios de nuestra economía no son más que una pieza de ajedrez en un tablero pintado por ellos mismos.