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Caprichos y prejuicios / Capricis i prejudicis

Les digo además que en mi casa las cuentas han ido siempre razonables. Y últimamente a rastras, como casi todo el mundo. Y sí, me sienta como una patada en la rabadilla tener que pagar a escote lo que rara vez he roto o he estropeado. Máxime si se trata del ascensor, que utilizo de Pascuas a Ramos. Recuerden que les he dicho que vivo en un bajo, no como la mayoría de españoles. Es decir, mis vecinos.

Ahora me piden, además, que ponga la faltriquera encima de la mesa para reparar la antena, la calefacción central y los empalmes de teléfono, cuando hace años que instalé parabólica, caldera de gas natural y fibra óptica, con la oposición de muchos españoles que me han acusado hasta de prohibir la entrada a quien no hablara mi idioma. Yo con mis caprichos y ellos con sus prejuicios. Por eso quiero renegociar las normas de esta comunidad. Para vivir en mi casa, en Cataluña, como yo quiera organizarme. No digo que sea justo, ético o un derecho inalienable. Digo que es así como lo siento.