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La desconfianza

Al principio de los años 80, Alvin Toffler analizaba, en su libro La Tercera Ola, la transición que se estaba produciendo en el mundo por la incorporación de nuevas formas de vida y por un nuevo sentido al concepto del trabajo. Decía que esos cambios necesitaban un nuevo enfoque que denominaba “análisis del oleaje” y se preguntaba hacia dónde nos llevaba “la línea de avance de cada ola”.Eso es, en estos tiempos de sacudidas y cambios, lo que necesitamos. Que nos ayuden a analizar hacia dónde nos lleva el oleaje de los tiempos y sobre que mares navegamos

 

Si no sabemos exactamente a dónde vamos, sí sabemos la cantidad de cosas que hemos arrojado por la borda. Entre ellas, la confianza que, perdida, ha transformado todo nuestro entorno en un mundo de desconfianza. Este término, desconfianza, abunda en todos los titulares de la actualidad. Hay un recelo que se genera en los ámbitos de la política y de la economía y que tiene trascendencia en el día a día de todas las sociedades. Escépticos se muestran los demás hacia nuestras instituciones, ante nuestras respuestas económicas, ante nuestros comportamientos políticos. Desconfianza como fruto del miedo ante los riesgos que conllevan las inversiones realizadas.

 

Pero hay otra tipo de desconfianza más personal, mas humana, más cercana. La que siente el ciudadano normal que, perplejo ante lo que pasa, está aprendiendo a marchas forzadas, ¡qué remedio!, lo que significan conceptos como la deuda subordinada, las acciones preferentes, las primas únicas o los valores de rescate. Este ciudadano que ha sido víctima de la colocación en el mercado financiero de productos atípicos de difícil asimilación y, en muchos casos, sin valor recuperable. El mismo que había depositado, junto a sus ahorros, la confianza en las entidades y en las personas. Sobre todo en las personas.. Esta pérdida no es cuantificable en índices ni cotiza en bolsa. Y es difícilmente recuperable.

 

De todo lo ocurrido hay que extraer consecuencias. Una, la necesidad de una mayor cultura financiera. Pero otra, y esta más importante aún, la exigencia de seriedad y solvencia en las personas que aconsejan y dan sugerencias cuando se trata de optar por una inversión. Es necesario leer la letra pequeña de los contratos pero hay que escribir con letras mayúsculas los comportamientos. Y la desconfianza, que se ha instalado ya en el interior de tantas personas, ha generado un pesimismo personal y colectivo. ¿Hasta cuando durará?