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La falta de visión de futuro de Merkel, el talón de Aquiles de Europa

Recuerdo con dificultad un tiempo lejano en el que las cosas parecían algo diferentes: hoy en día, la política consiste en resolver problemas cotidianos y seguir las encuestas de opinión para saber hasta dónde están dispuestos a aguantar los votantes, en lugar de estar relacionada con el liderazgo y la integridad personal fundamental.

Desde mi punto de vista, las ideologías y la valentía han quedado relegados al pasado y el talón de Aquiles de Europa es la canciller alemana Angela Merkel, la dirigente de facto de la UE, y su falta de visión para el bloque de la moneda única.

Su falta de visión llama la atención en contraste con los sentimientos y emociones que dominaron gran parte del pensamiento político Europeo tras la guerra. Yo, por ejemplo, creo que un enfoque más racional podría habernos evitado el caos en el que nos encontramos, pero declarar que la UE debería estar a la cabeza de la carrera económica mundial, que es una de las razones por las que Alemania quiere que el Reino Unido permanezca en la UE, no es tener visión. Es un objetivo racional que yo apoyo, pero que no alcanzaremos a menos que encontremos una nueva visión realista de la Europa del siglo XXI.

Cuando Saxo Bank abrió su nueva oficina en Praga en mayo de 2009, mi personal solicitó una reunión con el presidente Václav Klaus. Nos la concedieron y, unos meses más tarde, íbamos en un coche camino del precioso palacio presidencial con ese aire de grandeza de otro tiempo.

Desde la caída del Telón de Acero, e incluso mucho antes y en unas circunstancias muy complejas, Václav Klaus ha sido un referente de libertad que ha combatido los abusos del Estado y la injusticia. El presidente Klaus es un hombre que merece la pena conocer si uno cree en el liberalismo y el capitalismo, como es mi caso.

Durante nuestra reunión, hablamos de la crisis de deuda soberana de la eurozona, que ya estaba bastante avanzada, aunque eran pocos los que se habían percatado de ello por aquel entonces. Convenimos en que el mayor desafío práctico al que se enfrenta la UE con diferencia, el problema que se encuentra en la base del resto de problemas y la razón por la que la UE se dirige a una catástrofe económica y parece estar dejando cada vez más de lado el proceso democrático, es la moneda única: el euro.

El año pasado, cuando el presidente Klaus publicó su edición inglesa de Europe – The Shattering of Illusions sobre sus frustraciones con respecto a la situación actual en Europa, no dudé en publicarlo en danés y promocionarlo siempre que tuve ocasión.

El libro trata sobre los progresos institucionales en Europa desde la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis de deuda de la zona euro y analiza la fase actual de inestabilidad, que él denomina "la fase transitoria". Cualquiera que se preocupe por Europa, como yo, debe leerlo sin lugar a dudas.

El principal argumento del presidente Klaus es que si Europa quiere reanudar su desarrollo económico, debe emprender una transformación de base y, para que eso ocurra, necesitamos una nueva visión valiente de nuestro continente.
La idea de una moneda común europea viene de muy atrás, incluso de antes de la Comunidad Económica Europea (CEE). La Sociedad de Naciones, antecesora de las Naciones Unidas, ya debatió el tema antes de la Segunda Guerra Mundial. Por aquel entonces, se trataba solo de una visión grandiosa. El Informe Werner de 1970 lo incluyó por primera vez en el programa de la CEE.

Aunque el euro es la raíz de la mayoría de los problemas de la UE, la idea de una moneda común para todos era impresionante, ambiciosa y lógica. Si éramos capaces de crear una unión económica y monetaria global con una población mayor que la de Estados Unidos, eso se traduciría también en poder político internacional. No deberíamos pasar por alto el hecho de que una mayor influencia política había sido el sueño de los políticos europeos durante décadas. Al igual que sucede con muchos otros aspectos de la UE, la motivación para una parte importante del proyecto de la moneda única fue el complejo de inferioridad de los políticos europeos respecto de Estados Unidos y Rusia y, más adelante, respecto de superpotencias reales o potenciales como China, India y Oriente Medio.

El problema principal, no obstante, es que la mayoría de los ciudadanos europeos no tiene ninguna voluntad de crear una unión política, que debe ser la base para construir una unión monetaria. Los ciudadanos de los países ricos no querían renunciar a su identidad nacional y no querían ver cómo sus logros económicos pasaban a formar parte de unas arcas colectivas. En esta construcción, la solidaridad con los países más pobres consolidó su posición de contribuyentes permanentes. A título personal, tiendo a estar del lado de los ciudadanos orgullosos de Estados fuertes que han demostrado una postura independiente unidos por el libre comercio y la prosperidad económica, en lugar de por la burocracia monstruosa y cada vez más antidemocrática de Bruselas.

No es de extrañar que el mayor entusiasmo por la propuesta original del euro viniese de los países con economías más débiles. Vieron grandes ventajas en un sistema de este tipo, pero no estaban preparados para tirar sus Estados nacionales o políticas tradicionales por la borda. Sin embargo, la UE no es un pozo sin fondo de riqueza que no exige demostrar que uno se merece poder beber de él.

Los políticos europeos saben de buena tinta que la condición previa necesaria para que la divisa común pueda funcionar es que se asiente sobre la base de una unión financiera y política. No fueron pocas las voces de alarma que se escucharon en los últimos días de la creación de la UEM. Sin embargo, aunque para algunos resultaba obvio, los jefes de Estado y de Gobierno europeos optaron por dar luz verde al proyecto con unos cimientos tan poco firmes como un castillo de arena a la orilla del mar.

Lo hicieron esperando contar con la cobertura de una ulterior ley de presupuestos o, como se reveló más tarde, con un programa oculto, construyendo estos cimientos pieza por pieza, sin preocuparse demasiado en preguntar a los ciudadanos europeos. Ahora, el mismo proceso avanza también implacable en países como Dinamarca, que ni siquiera son miembros de la zona euro. No obstante, los políticos buscan una integración más amplia para la que la mayoría de ciudadanos aún no está preparada. Prometer lealtad a los gobernantes en Bruselas siendo desleal a tus propios ciudadanos suele significar un buen trabajo y múltiples medallas y distinciones, además de crear la ilusión de que se disfruta de cierta relevancia política entre los colegas.

¿Cuál es entonces el auténtico problema de una moneda común cuando aparentemente sería algo práctico y pertinente a la hora de evitar los gastos asociados a los intercambios comerciales y los riesgos por tipo de cambio y cuando además existe un banco central que podría desempeñar una función a escala internacional? Al sumarse a la moneda común, los países renuncian a algunas herramientas importantes de las que normalmente dispondrían sus bancos centrales. La herramienta más evidente sería la opción de ajustar los tipos de cambio, bien mediante devaluación o revaluación, o bien dejarlos a merced de los mercados financieros tal y como es habitual en otros tipos de activos.

La segunda herramienta importante sería la opción de ajustar las tendencias económicas con los tipos de interés a corto plazo. Ambos mecanismos de ajuste tienen una importancia fundamental y su ausencia planta la semilla de un posible desastre en cualquier zona o país si no existe otro acuerdo que establezca cómo regular los desequilibrios de otra manera. Algo que podría hacerse con bonos comunes o transferencias fiscales, entre otros sistemas. Piensen en lo que ocurre en los Estados nacionales. Lolandia, por ejemplo, una de las islas de Dinamarca, se encontraría en serios aprietos si tuviese que conseguir la financiación de sus proyectos en los mercados internacionales. Sin embargo, como parte integral de Dinamarca y gracias a las transferencias nacionales de fondos, sus problemas se resuelven sin mayor complicación.

Si imaginamos una Europa construida como un Estado nacional, la mayoría de los problemas estarían resueltos, si bien, no podríamos alardear demasiado de la economía en general. Los antiguos Estados nacionales independientes tendrían que aceptar el mismo papel que esta pequeña isla danesa, mientras que las zonas más prósperas de Europa tendrían que estar dispuestas a asumir la misma responsabilidad que Dinamarca respecto de una zona más débil en su Estado nacional.

No estamos cerca de esta situación ni por asomo. Además, el movimiento de productos, servicios y mano de obra no puede compararse con la circulación dentro de las fronteras de un Estado nacional. Factores como el idioma, la educación, la cultura y las distancias geográficas hacen que sea una tarea mucho más ardua en el contexto europeo.

Helmut Kohl, mentor de Merkel y canciller artífice de la reunificación, creía que se podía dibujar una línea política bajo la historia fracturada de Europa en la que la economía desempeñase un papel mucho menos importante. Por suerte, “Das Mädchen”, como Kohl solía llamarla, no tiene este enfoque tan inocente respecto de la UE. Está claro que ha dejado de ser una niña, pero ha desarrollado un punto de vista muy pragmático sobre la UE y es por este motivo que en la Francia socialista se ha ganado el apelativo de “Madame Non”.

Merkel ha dicho "nein” a un gobierno económico centralizado de la UE, “nein” a un mecanismo de rescate permanente y "nein" a la idea de los bonos europeos a los que definió como "económicamente erróneos y contraproductivos".
Su gestión de la crisis de la zona euro explica la desafección francesa respecto de Europa que ha revelado una encuesta de Gallup and Pew Research Center de mayo de 2013. Cuando el antiguo presidente de la Comisión Europea Jacques Delors, quien presidió la creación del euro, amenizaba una reunión socialista el mes siguiente, atacó a la que denominó una Europa "punitiva y alienante".

La Europa de Merkel no es punitiva y alienante, sino justa. Lo que quiere es que los Estados miembros de la UE se avengan a las reglas para garantizar una Europa más competitiva. Lo que hace es solucionar problemas, y no hay nada malo en resolver problemas concretos.

Sin embargo, la política es también presentar nuevas ideas y puntos de vista. Se trata pues de presentar líneas de actuación en lugar de seguir un sentimiento popular. Ésta es la tarea pendiente de Merkel. Según las encuestas, los alemanes se muestran reacios al cambio y es bastante probable que Merkel gane las elecciones del 22 de septiembre. Si es así, seguirá siendo la líder de facto de la UE y su futuro y su desastrosa moneda quedarán en manos de la que fuera investigadora química. Tal y como yo lo veo, la investigación se ha hecho. El veredicto se ha emitido. Tenemos que volver a pensar la UE.

Lars Seier Christensen.
Co-fundador & CEO, Saxo Bank