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El fútbol y el hermano mayor

No sé si conocen Hermano Mayor. Un nuevo reality, que hace furor, sobre conflictos familiares con hijos de lo más chungo. O sea, como el antiguo Supernanny pero a lo bestia, con chusma poligonera, aspirantes a chulo de la calle Montera de Madrid y candidatas a princesa de barrio.

Cada vez que veo uno de estos programas, que pecan todos y sin excepción de sensacionalismo de rastrillo y efectismo barriobajero, me salta la misma alerta: salvada la necesaria provocación a las vísceras del espectador, los padres de las criaturas son también para echarlos de comer aparte, cuando no a los leones directamente. Han alimentado monstruos a los que después no saben cómo parar. Y prefieren un tortazo de su niño del alma antes que ponerlos en vereda, sensibleros y disfuncionales a partes iguales. Historias de macarras de papá. Todo un poema.

¿Y esto que tiene que ver con la economía? Dirán. Y dicen bien. Se lo explico: la Comisión Europea ha preguntado por el cachondeo de los clubes de fútbol con su deuda, que no pagan más porque no pueden, dicen, y luego se gastan millonadas en un fichaje. Y tirando del hilo, llegamos al año 95, cuando las masas enardecidas lograron que la ley se reinventara a sí misma para que Celta y Sevilla siguieran en primera. Se les consintió aquel desplante, y de aquellos barros estos lodos: mejor no menearlo. A los clubes de fútbol les falta un hermano mayor.