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Dé gracias a que no tengo hijos

 

Mire, sr. Rajoy. Le llamo “señor” para que me entienda en el lenguaje impostado que usan los de su estirpe, y para que nadie piense que le falto al respeto. Porque claro que le falto al respeto, pero no es cuestión de airearlo. Estoy dispuesto a comprarle casi todo. A usted o a quien se le sienta enfrente en el Congreso, ambos barbudos. Tienen ustedes la misma cita con la ciudadanía: engañarla cada cuatro años para que ustedes y los suyos puedan trabajar.

Digo que estoy dispuesto a comprarle casi todo, porque es difícil, si no imposible, que a estas alturas tenga en consideración una sola de las palabras que dicen afirmar con solemnidad. Y eso incluye que parezca que me he tragado su discurso imbuido de Churchillismo. Incluso explicarle, ya que los de su casta leen poco, que la pantomima de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” ni siquiera es original de don Winston, sino, seguramente, de Garibaldi.

 

Pero no me quiera vender, ni se le ocurra plantearse esa idea, que gracias a los recortes la juventud de hoy prosperará mañana. Porque en el mejor de los casos, y digo el mejor, construirá toda una generación dispuesta a ejercer cualquier tipo de vendetta contra quienes expatriaron su futuro. Yo, por lo pronto y por la presente, no pienso parar hasta hacerles pagar a alguno de ustedes que hayan arruinado para siempre la vida de mis sobrinos. Y dé gracias de que no tenga hijos.