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La Grecia de las vanidades

En Grecia se han de repetir las elecciones  en una segunda vuelta por tener que aplicar la desconfiada “foto finish”, por el ajustado y prieto resultado de los últimos comicios, donde se alinearon los partidos políticos con textura de múltiples salvadores pero sin consenso aparente, y que no acabaron de entenderse ni inferir para formar pactos convincentes. Siendo ahora la extrema derecha amenaza real y verdad peligrosa, que va buscando votos a puñetazos y mamporro limpio por los platós de televisión y animando a la imprudente e insensata violencia.

Pero para tocar el fuego sin quemarse y construir un jardín nuevo para el patio de la señora Merkel, que la contente y le satisfaga en sus exigencias y martirios demandando sacrificios casi imposibles de asumir. Los arquitectos de la Europa del siglo XXI no admiten taras ni miserias en las economías que agonizan al punto de la quiebra miserable. Mientras, el ciudadano griego, va viendo las nubes que pasan a ras de las tristezas y los duelos, pues granizando está por esos lares y paisajes desambiguados, de una Grecia abandonada y sumergida por  del dinero público que cayó en saco roto, del despilfarro y el derroche de que se presumía con ornamentos de artificio y, que al final, han sido de engañosa bisutería. Y ahora resulta que: “nadie pasaba por allí”.

Grecia es ahora la aislada montaña a donde nadie quiere encaminarse, ni  ser su mesías ni Moisés desorientado camino de un monte del martirio para el que coja las riendas del país. Mientras, el río de la señora Merkel, recurva como es costumbre hacia  el borde de las orillas profanas con obsesión y observación germana.  Y sólo bajo el influjo de los inocentes argumentos de crecimiento del templado y bonachón Hollande, que de momento va con buenas intenciones y saberes progresistas, pero sin acabar de salirle las cuentas ni los ratios más saludables.

Las elecciones del próximo fin de semana serán cruciales para el pueblo heleno debiendo de buscar solución a esta red de araña. Porque fuera del euro hay una zona oscura, una zona tenebrosa de opaco conflicto  y sin visión que ilumine el incierto futuro, donde se oye con un rasgado  timbre de voz asustado, pedir auxilios y amparos,  como el de un trágico lamento, que de momento, no sirve para convencer a una Alemania mandona y exigente, y donde los que tendrían que ser aliados se muestran desconfiados y ariscos, nada “enrrollados” ni tampoco cooperantes del daño, lavándose las manos como Pilatos -hombre que se desentendía de lo que no le convencía-,  porque la salida de Grecia de la zona euro sería como una auténtica “tragedia griega”; de dramas y personajes que al final suelen acaban muy mal;  palmándola o llevados inducidos a una  catarsis donde suele  ser sacrificada la figura del comediante contra la fuerza a la que se revela.

Un bien sensato sería pensar cómo evitarlo. Porque detrás de la salida de Grecia se podría abrir un precedente precipitado de conflicto sin solución,  donde otros países con semejanzas maravillosas del punto de quiebra; Portugal, España, Italia…,  podrían ser abducidos como algas acostumbradas a los entornos muy húmedos. Húmedos como los números que no acaban de cuadrar dentro del reino de la economía, olvidados y arrinconados en los pasillos del FMI, preparados para recibir el castigo y el beso de su adiós y separados de su nave nodriza que es la Unión Europea.

Los griegos necesitan un poco de ensueño pero también demostrar un serio compromiso, para seguir como un satélite orbitando alrededor de una Europa cada vez más distante con los países más vulnerables y endebles como el cristal, tasando el precio del rescate a intereses más irracionales que de probabilidad de cumplir lo prometido. Pero de momento van absorbiendo deudas, como una esponja que ya ha sido mullida y tullida con la estopa del calvario de esta crisis endémica y demasiado alargada en el tiempo.

Pero el labio que les ofrece su inmediato mañana, es un porvenir predestinado a la sumisión de sus amos,  para quedar sus “rentas” como un estudio museo junto a las ruinas Griegas de Acrópolis expirantes. Siendo ahora un terreno fértil para los individualistas especuladores y economistas en “serie” medio psicópatas que tanto les da la suerte de sus semejantes.

  Porqué a la economía Griega el viento  la apagó por su mala gestión y diligencia; peor hecha y peor pensada, por esa vanidad que se resiste al desenlace turbio y especulativo. Y desilusionados con el reformismo de la recapitalización, doblegando a los ciudadanos actores protagonistas de esta triste historia, que van exhibiendo por plazas y ágoras pancartas con las cuales no se pagan deudas ni se liquidan morosidades, tasando al político tecnócrata o  apasionado -tanto da-, a la sombra de su propia silueta. Y ahora, la ira profunda del pueblo hace temblar las urnas como las columnas que sostenían sus templos económicos de papel,  y viendo perdidos parte de sus ingresos que han ido a la deriva de  la desdicha financiera y política.

A Grecia, sin productividad aparente ni industria fructífera que se le conozca,   sólo le queda el turista de toda la vida, que ve desde fuera toda esta disociación  y no se fía ni desea complicarse la vida viajando a un país casi sumido en el caos. Aunque Europa, debería percatarse de que la culpa de esta crisis no es sólo de los griegos que ahora parecen culpables de todo, sino de una desastrosa política europea, donde planearon su viaje como Colón: que el hombre decía que iba a las Indias ¡Y va el tío y descubre América!, lo qué le salvó por los pelos de un motín.

Ahora, esperemos que los navegantes y conductores de la vieja Europa, encuentren el rumbo correcto para llevarnos a puerto seguro sin más aventura que el oleaje salvaje que la nave pueda soportar. Porque una Europa amotinada, no habría “Señor Cristian” que la salvara. Y recordando sin desearlo aquella cita de qué: lo que es malo, puede ser aún peor. A Grecia le interesa mirar hacia Francia para buscar empatía y ganas de darle remedio a la cosa, que de momento, las pintan bastos. Pues la vanidad, en este caso, ha de quedar en presunción de modestia.

Sergio Farras
Escritor tremendista.