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Un, dos, tres, húndase otra vez

 

Si han oído ustedes hablar del pensamiento lateral, o del principio de los seis sombreros para pensar, sabrán ustedes que a veces el conocimiento se alcanza atacando a la realidad por un flanco, y no de frente. Pues bien, pongo a prueba al lector. Por 15 céntimos de euro la respuesta acertada, analogías posibles entre la historia que sigue y la economía de nuestro tiempo. Por ejemplo: el hundimiento. Un, dos, tres, responda otra vez.

Al parecer, una porción nada pequeña de los jóvenes estadounidenses, y por tanto de los que los imitan de forma acrítica a lo largo y ancho del planeta, como nuestros pijoflautas de Loewe, creen que el Titanic nunca se hundió. O que sí se hundió, pero sólo en el celuloide, con la llantina de Kate Winslet y ese heroísmo tan chic y tan gringo de Leonardo DiCaprio. Vaya, que no hubo Titanic, ni por tanto tragedia, ahora que se cumplen 100 años de aquella evidencia de que la avaricia rompe el saco. Y de que la soberbia no rompe témpanos, por más que se empeñe.

Precisamente, el Titanic nos viene de perlas a la actualidad por eso mismo, porque la perspectiva nos muestra un Too big to fail con las tripas de acero. Y una vez que pincha, como las burbujas, ya puede usted emperrarse en achicar agua a mansalva que aquello se va a ir a pique sí o sí. Y tonto el último, sin damas ni niños que merezcan especial atención del respetable.

Sin embargo, en vez de mostrar el panorama y que cada cual se busque las habichuelas como crea, pueda o sepa, los capitanes de turno tienen su puntito de pundonor, quizá tan noble como ineficaz, y hasta el último momento no reconocen que la fiesta se ha terminado. Es decir, que a los botes y sálvese quien pueda. Mal por todos los que se creyeron que el barco aguantaría, y que si la banda seguía tocando, ellos que tanto mar han recorrido, por algo sería.