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Juan Manuel, de Sevilla

Ayer me comprometí con él a contar su historia. Porque es mi manera de ayudarle. Por la misma razón que un fotógrafo de guerra no debe dejar de disparar, fotografías quiero decir, aunque pueda salvar una vida. Su testimonio es su mejor compromiso humano.

Juan Manuel de Sevilla, del que solo sé su nombre y lugar de residencia, no se te acerca para pedir dinero. Se te acerca para contarte su historia, con un quiebro en la voz mezcla de quejío, dolor y desesperación. Pide perdón por el atrevimiento antes de romper a hablar con el temblor de quien tiene una sola muda, pero a diario procura tenerla limpia y planchada. Y te dice sin remilgos que está donde está por su mala cabeza.

Contrajo el VIH y fue acogido por su madre allá por el año 94. Ella falleció hace tres años y desde entonces su vida es un sorteo continuo entre comedores de beneficencia, hospitales con medicamentos a escondidas, amigos que le traen y le llevan, y alguna paga mensual de Cáritas. Por no pedir, no pide ni para comer. Solo quiere que alguien sepa su historia. Que es la de la economía de verdad, la de la calle y la dignidad hecha añicos. Todos podemos ser Juan Manuel de Sevilla. Que no se nos olvide.