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Luces rojas y amarillas

Ya saben ustedes que en la política en general, y en la de nuestra patria en particular, es mejor pelar la pava y dejar que pase el tiempo antes que tomar una decisión solvente en un plazo razonable.

También llega mal, porque llega sin dotación ni recursos para hacer frente a la montaña de impagados que tenemos. Imagínense un retén de bomberos de fin de semana para apagar todos los incendios de un verano desde Barcelona hasta Cádiz. Pues todo manga por hombro. Así está el patio, con el mercado inmobiliario bajo mínimos porque nadie sabe exactamente a qué puede dar luz verde a la hora de mover activos.

Y llega nunca, porque nunca sabremos cuánto nos ha costado esta operación de salvamento marítimo que deja en mantillas a la historia del Titanic. El precio de la operación no viene dado por los 500 desahucios diarios que nos han hecho plusmarquistas mundiales de la desfachatez, sino por los diez años de fastos a cuenta de cajas de ahorros, donde se ponía a mandar a amiguetes de la infancia para que financiaran a los amigotes con los que se compartía puro, whiskey reserva, y algún club de carretera con luces rojas y amarillas.