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Merkel y el escondite

“Por mí y por mis compañeros, pero por mí el primero”. Es uno de los juegos de infancia: El escondite. El que “se la liga” debe contar hasta veinte o hasta cien dando tiempo a sus compañeros de juego a que se escondan. Si uno de los escondidos logra llegar a la base sin ser descubierto, tiene que decir la tonadilla de marras: por mí y por mis compañeros, etcétera.

Un gobierno ha jugado al Escondite en los últimos años. Mientras los PIIGS contaban hasta veinte, cien o un millón, qué más daba la cifra, para que la locomotora prendiera la mecha de los brotes verdes, ese Ejecutivo probaba suerte en un sinfín de escondrijos. El último no le iba mal: el de la austeridad y la rigidez a ultranza, y palo tieso al que se meneara.

La última cumbre del G8, título ampuloso para quienes todavía no han conseguido engrilletar a los responsables de la catástrofe, ha hecho salir de su escondite a la presidenta de ese Gobierno. Y ha llegado a la base, donde estaban los que contaban, para declarar su libertad y proclamar que, a lo mejor, una política de crecimiento activo no está mal del todo. En plena euforia de subidas salariales, ha seguido al dedillo las normas del juego. Así de purista es ella: los trabajadores de su país verán incrementada su nómina en torno al 4%. Ella, y su Gobierno, algo más, el 5,7%. Así se juega al escondite. Así lo juega Ángela Merkel. “Por mí y por mis compañeros, pero por mí el primero”.