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Se quedaron en el XIX

 Es de suponer, por tanto, qué bando me cae más simpático en las mil y una huelgas, venidas y por venir, con la estafa global llamada crisis. Pues les voy a hacer un regate, a propósito de los conductores del Metro de Madrid y las fiestas navideñas. Verán.

 

A saber, una huelga se convoca con el firme y único propósito de dañar las estructuras económicas del patrón; en este caso, la Comunidad de Madrid. En el suburbano madrileño se concitan dos tipos de viajeros: los que consumen bonos de transporte, que son la mayoría; y los que utilizan títulos sencillos o de diez viajes, que no son pocos, pero al lado de los otros suponen una cifra ínfima. Y ni unos ni otros dejan de viajar por mucha huelga que haya.

Visto así, se me hace difícil pensar dónde han visto los sindicatos el daño al patrón, ya que la demanda del servicio no disminuye, ni los hábitos de consumo penalizan a la empresa. Más me parece a mí que algunos se han quedado a vivir en el siglo XIX. Unos, los que convocan la huelga; otros, los que se aprovechan de la inoperancia sindical para flirtear con limitar el derecho de huelga, cargos públicos que nunca dejan de añorar la época dorada, su época dorada, del sindicalismo vertical.