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A sirenazo limpio por Alcalá

Sale de un edificio que aloja una institución de ringo rango. En la puerta veo a una agente de policía municipal y una mujer trajeada. Me armo de indignación y allá que voy. “Cuándo van así es porque llevan a un pez gordo, ¿verdad?”, inquiero. “Pero muy gordo”, añaden. “Pues joder”, con perdón, añado. “Joder, joder”, con perdón, apuntalan ambas. Como la cosa se anima, me caliento. “Luego que si conocen los problemas de la gente real, si viven en la parra… ¿qué van a saber?”, provoco a las señoras. “Desde luego”, aprueba la uniformada.

Suma y sigue. “Que además no sé a qué viene que vayan así”, prosigue la del traje, funcionaria de alto copete o similar, por lo que me espeta a continuación: “ahora que estamos libres de amenaza… Mira, no me tires de la lengua que si te cuento… Pero no te puedo contar, no ahora, luego sí, ya de calle, fuera de aquí”. Fuera de horario, interpreto yo. “Pero que todos pensamos igual”, añade la susodicha. Adiós. Adiós. Y yo me alejo pensando: “ojalá algún día seas elegible, tendrás mucho que callar, pero al menos sabré que hoy tenías mucho que decir”.