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Vladímir Putin, el presidente que surgió del frío

Serían las del recordado pensador Karl Mar cuando en un rojo atardecer, con el frío que se fundía en el cielo moscowita,  nacía Vladimir Putin hace 60 años en la fría y antigua ex URSS. Vladimir Putin, este hombre de aspecto duro y frío nos hace recordar al genuino espía de aquellas películas de la guerra fría, de esos que llevaban un microfilm en el zapato y mascaban tabaco picado en cualquier estación de ferrocarril en andenes sospechosos. De hecho, Putin fue agente del KGB, llegando a ser su cabeza pensante en la desaparecida Alemania Oriental, para después ser el director del FBS, actual servicio de inteligencia ruso y sucesor del otro.

Luego, gobernaría Rusia por primera vez en el año 2000, después de que Boris Yeltsin –hombre cachondo y muy aficionado al morapio-,  le cediera el paso a tan misterioso, como ilustre personaje qué es: Vladimir Putin.
Ahora, parece ser, que su mandato pasará a ser un tanto vitalicio y perpetuo. Esto no se sabe si es muy comunista o muy Trotskyano, o un tanto atrevido de codicioso “Zar” contemporáneo con aires de Romanov.

Ya se sabe, que en esto de las ideologías siempre hay uno qué las crea y otros, que luego las interpretan a su aire y a su modo,  y no siempre suele casar pensamiento con ponerlo en efecto y buena praxis. A los escritores y a los filósofos les pasa como a los pensadores y percusores de nuevas formas de innovar comportamientos sociales, que se les escucha, pero que normalmente no se les acaba de hacer caso. Esto es un clásico en la compleja especie humana.

Ahora Vladimir Putin, más que un obrero proletariado es como un autónomo emprendedor con aires de soberbio revolucionario. Porque el capitalismo, al final, acaba gustando a plebeyos y nobles como a propios y extraños. Y al presidente ruso, igual; a poco que se entre en su alma le sale la santidad capitalista,  del vicio del poder  y de  la ambiciosa  codicia del dinero. Se conoce, que esto del poder y el manejar los cuartos es algo que se desploma por sí sólo en los humanos. Y en sátiros se van dilatando algunos, para acabar convirtiéndose en oscuros, solos y muy dados a los secretos y misterios de los que mandan en medio mundo. Y la madre tierra, que tanto se suele amar y defender con pasiones y megalomanías irracionales, queda un poco apartada mientras otros van sembrando raíces  de labranza capitalista. Y en estos casos, las ideologías quedan un poco apartadas con la hoz y el martillo ya olvidados, saboreando como un néctar el apego a la codicia, como quien acontece a su interés y arrogancia del cargo.

Tranquilo y apacible, de aspecto duro y masculinizado al viejo uso soviético, Vladimir Putin parece que todo el día vaya concentrado; como un jugador de ajedrez o como un alma que tiene claro por donde  transita  en su particular universo de espacio y tiempo. Y que cuando se cabrea, les corta el gas a los Ucranianos para recordarles quien manda y quien pone los precios en aquellas tierras de la fría Estepa. Siendo un mensaje subliminal de poder y toque de atención a la vieja Europa que le mira de reojo y desconfiada.

Musculoso y moreno, al presidente de Rusia se le ve a caballo galopante y trepidante, dando tortas  al sparring de turno  haciendo llaves de Judo en su video promocional. O portentosamente,  con andares de aristócrata y de aires nobles  entrando a paso inmutable en las salas pulidas y abrillantadas de la Duma,  demostrando que es más chulo que un ocho,  y qué se sirve de sí mismo para dirigir un país o un parque de atracciones si hace falta. Sobrado va de ego y de autoestima biselada, como atrapado en un “alter ego” peligroso de su juego moral y bipolar entre el bien y el mal.

Pero el pueblo. ¡Ay el pueblo!, que siempre lleva el “palo” de bastos y no “el diez de oros”, que es naipe peleón y más sarcástico. Esto es costumbre de la mayoría de sociedades; sean comunistas o sean capitalistas, quedando en este caso los rusos hambrientos y desorientados a principios de aquellos bienaventurados noventa, de cuando caían los muros y los presidentes de entonces: Clinton y Yeltsin, se daban besos casi de complicidad y conveniencia ¡Qué buen rollito, que risas se echaban en púlpitos y estrados a vista de todos los medios mundiales!  Entonces, como en el profundo fondo del barranco, el macizo soviético se desplomó ente acantilados  de su frágil andamiaje. Y como el gigante de piernas de arcilla que al final se cedería, cercenando como corta el filo de un cuchillo, poniendo el fin de tantos años de comunismo visceral y de imperio soviético.

De generación en generación, los rusos han visto pasar penurias y miserias, viendo descender su natalidad y adaptándose al cambio geopolítico que les engancha y les atrapa a una miseria y sistema económico bastante precario. Pero ahora,  Putin se ha creado su propia “City Ville” particular, desde donde en su orografía política  de umbrías profundas, gobierna con sobriedad y mano tensada como la de cuerda de piano. Las revoluciones quedaron atrás y las rojas ideas también, anulando  la vieja y trágica leyenda de amor comunista y  Marxista, que ya sólo planea en las sombras lejanas  de las barbaridades e interpretaciones poco ajustadas de Lennin y Stalin.  Anulando recuerdos y nostalgias, siendo perfil de una nueva fisonomía política transiberiana de este siglo XXI tan cambiante y tornadizo.

Pues siempre, se ha murmurado entre bastidores de desconfianzas, que el comunismo es más visceral y de emociones que de razones y de la virtud del discurrir. El actual escenario político ruso, hacen estériles los  recuerdos de una época que se recordará como sendas imposibles de recorrer, y de rotondas de pinceladas de socialismo que agitaban siempre en el mismo sentido, como para desacelerar el marxismo que siempre se recuerda y se le echa mano, cuando las cosas van mal dadas y torcidas.

Vladimir Putin gobierna ahora y gobernó antes. Y entre ese “inpás” puso a su hombre de paja; Dimitri Medvedev, que era el rostro escondido tras la máscara. Vamos, que se hizo su propio “Deja Vu”, y dejó hacer negocios a unos cuantos con petroleras y demás extravagancias,  a cambio de que no le barraran el camino hacia el eterno y perpetuo poder.
Mientras él, se dedicó al arbitrio y mando, que es cosa que le obsesionaba y le obcecaba, como una monomanía que hacía de su existencia el nuevo “noble”; señor y amo de las Estepas.  Su principal  recurso es el petróleo y las reservas de gas. Y con eso contó con la  complicidad en la sombra  de Gazprom,  el mayor extractor de gas natural en el mundo y la mayor compañía de Rusia, que como un “rompehielos”, le ayudaba a abrir el camino allanado hacia el Kremlin.  Mientras, como para protegerse de críticas y murmureos mal intencionados, se impuso un monopolio de la prensa para controlar los medios. Ser periodista independiente no es una buena idea por esos lares gélidos y de aires todavía de desconfianzas y de sospechosos habituales.

Vladimir Putin casa con el perfil del “anti héroe”, del hombre malo, calculador y frío. Pero eso, igual es sólo una cortina de humo para pulir su imagen de antipatía y de “Joker” de los páramos descampados de las áridas Estepas. Porque  los malos de las películas, suelen caer bien por su esfuerzo en parecerse  al chico bueno que suele cumplir y sabe ser agradecido.

Decía William Cooke: “La oligarquía se inventa un enemigo comunista para aplastarnos a nosotros, que somos el enemigo real.” ¿Entrará algún día Rusia en la Unión Europea? ¿O son tantas las diferencias geopolíticas y sociales que hacen imposible tal empresa? Sea como fuere, Ru
sia siempre será ese vecino misterioso, incómodo y temido de la comunidad. Porque detrás de sus callados muros, sus paredes se han vestido del mudo silencio que casi nunca habla.

Sergio Farras, escritor tremendista.