Opinión

Refugiados, inmigrantes y otros poemas

Las guerras, y especialmente las grandes guerras, generan mucha miseria. Si además, tu país es invadido, el invasor actúa como una esponja y te deja sin nada de jugo. Algo así le pasó a Francia cuando fue invadida en 1940. Los cuatro años de ocupación dejaron a las francesas sin nada que ponerse, y en particular sin zapatos, ya que todo el caucho que se podía conseguir lo destinaban los alemanes a la industria de guerra.
Como en París hacía mucho frío, los zapateros encontraron una solución transitoria, y no fue otra que hacer zapatos con suela de madera. Acabó la guerra, pero en las calles de París seguía oyéndose el traqueteo de los zapatos de las mujeres cuando iban a hacer la compra (el día que podían). Los americanos que habían tomado París tenían el ego subido por su capacidad de ligar con las francesas. Nadie les dijo nunca que los pares de medias con los que obsequiaban a sus “ligues” eran realmente un precio barato para aquellas piernas llenas de sabañones por el frío invierno francés.
Avanzando setenta años, en Europa se ha producido un fenómeno inesperado, la diáspora del pueblo sirio huyendo de la inhumana guerra protagonizada por el Estado Islámico. Desde que las francesas calzaban suela de madera, no se había visto en las carreteras europeas un éxodo semejante. Tantas familias que lo han perdido todo, incluso en muchos casos, la esperanza; y que tratan de aferrarse al clavo ardiendo de Europa para intentar simplemente sobrevivir.
Y digo clavo ardiendo, porque para los árabes no va a ser fácil entronizarse en la cultura liberal europea, máxime cuando musulmán en algunos círculos ha pasado a ser considerado como sinónimo de “filoterrorista” en potencia. Además, cuando estas familias se asienten en los distintos países europeos, en los que muchos de ellos ya tienen algún familiar o amigo, es muy posible que traten de reproducir la vida que tenían en Siria, Iraq o Afganistán, y que a las adolescentes de trece o catorce años las casen con miembros de su propia etnia y las pongan a tener hijos, los cuales obviamente ya tendrían la nacionalidad del país de acogida con la legislación comunitaria actual. El hecho de que las europeas comiencen a tener hijos pasados los treinta, y que además sólo tengan uno o dos, supone que por cada generación autóctona, habrá dos generaciones foráneas, y que además estas generaciones tendrán cuatro o cinco veces más hijos que las europeas. En suma, por cada niño europeo de origen, nacerán diez o doce niños inmigrantes.
Si tenemos en cuenta que ya hay dos millones de sirios que están llamando a las puertas de Europa, muchos de ellos en Turquía, y que ya hay un porcentaje importante de inmigración previa a la diáspora en los diferentes países europeos, podemos encontrarnos con que dentro de cincuenta años, una cuarta parte de la población europea sea inmigrante, y la mayor parte de ellos de religión musulmana, con el efecto que ello tendría sobre el ejercicio del voto, sobre todo en las Administraciones Locales, una parte de las cuales, habida cuenta del corporativismo en los asentamientos, pasarían a ser gobernadas por musulmanes.
Los afectados por la triste foto de un niño de tres años en las playa, nos dirán que hay que hacer un gran ejercicio de solidaridad con esta pobre gente que huye de la guerra, y yo tendré que estar de acuerdo, pero una cosa es ser solidario, y otra no tener en cuenta los riesgos que conlleva esa solidaridad. No vamos a entrar en la posibilidad de que se hayan colado entre los refugiados mil “lobos solitarios durmientes” con la etiqueta del ISIS (que bien podría haber ocurrido), listos para actuar cuando llegara la orden de la madraza en la que les lavaron el cerebro. Pero sí hemos de entrar en cuál debe ser el estatuto europeo del refugiado, lo cual debería estar muy por encima de esas cuotas de reparto de inmigrantes que tanto están debatiendo los próceres europeos.
Es necesario que se defina al refugiado como una persona a la que se ayuda para que temporalmente resida en Europa y se gane la vida, hasta que cese el problema que ha generado la huida de su país, lo cual una vez producido debería suponer el retorno de las familias a su país de origen. Ello lógicamente supondría que no tendrían derecho a voto en las instituciones públicas europeas, ni ellos ni sus descendientes, y que tendrían que firmar un documento en el que aceptaran las condiciones de acogida y los compromisos que ello conlleva.
Una marea como la que estamos sufriendo no tiene nada que ver con el derecho de asilo para personas concretas por circunstancias concretas. Los sirios son suníes, la misma religión que tienen en Arabia Saudí, país que tienen al lado, pero ellos no quieren ir a Arabia, sino que prefieren hacer miles de kilómetros para llegar a la Europa rica. Cuando les preguntan por el país de preferencia, la mayor parte dicen Alemania, y los que han llegado a Francia, dicen que quieren cruzar por el Eurotunnel hasta Gran Bretaña, como si residir en Francia fuera algo que no es “suficiente” para ellos.
Los mismos que enarbolan la bandera del “Welcome Refugees” nos dicen que no nos preocupemos, que si tienen dinero para pagar a las mafias el viaje hasta Europa es que son gente de clase media y con formación bien universitaria, bien artesanal. Es posible que sea así, pero no será fácil poder comprobarlo hasta que se haya producido de facto el asentamiento y haya que integrarlos en la sociedad europea.
Esos mismos aluden a que la grandeza de Estados Unidos se basó en el gran éxodo que se produjo en la primera mitad del siglo XX, cuando un gran número de “cerebros” emigraron huyendo de las persecuciones de los totalitarismos europeos, tanto de izquierdas como de derechas. Y volvemos a estar de acuerdo en que el despegue de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial se produjo por el gran aumento de capital intelectual foráneo y la mixtura con los intelectuales americanos y la gran masa de dinero que se puso a su disposición con motivo de la Guerra Fría.
Pero en lo que no estamos de acuerdo es en el hecho de que en la actualidad se vaya a producir esa necesaria mixtura, porque los emigrantes que pasaron por la Isla de Ellis eran europeos cultivados, que aunque fueran cristianos, judíos o agnósticos, entendían que Estados Unidos era un estado aconfesional, y que la religión no podía ser el futuro “leitmotiv” de su existencia. ¿Podemos asegurar que esto es así en el caso de los centenares de miles de musulmanes que llaman a nuestras puertas?
No suelo estar de acuerdo con el Sr. Rajoy en las decisiones que toma (las que toma, que ya le cuesta), pero en este caso, el llamamiento a la calma que hizo hace varias semanas fue adecuado, frente al efecto llamada de Frau Merkel después de la publicación de la famosa foto.
Ante una situación excepcional, es preciso tomar medidas excepcionales, y en particular evaluar los riesgos de estos colectivos que están llegando a nuestros países, y elaborar ese estatuto del refugiado común para todos ellos, dispersándolos adecuadamente para evitar la formación de comunas musulmanas, no autorizando la edificación de madrazas que “aleccionen a los adolescentes” en las bondades de la “sharia”, y exigiéndoles el compromiso de integrarse en la sociedad europea, aprendiendo el idioma del país de acogida, escolarizando a las niñas, e impidiendo que los padres puedan casarlas cuando todavía están empezando a ser adolescentes. Si salvamos estos inconvenientes, me parecerá razonable que ayudemos a estas familias desarraigadas. Si los ignoramos, estaremos asumiendo riesgos geopolíticos muy importantes que pueden afectar de manera notable al futuro entorno de vida de nuestros hijos y nietos.
Por último, indicar que cuando Estados Unidos recibió la inmigración europea, se trataba de un país rico y bastante despoblado, por lo que hasta le venía bien esa inmigración. Sin embargo, Europa está sufriendo una fuerte crisis, está bastante poblada y los índices de paro y precariedad son muy elevados, especialmente en nuestro país. Por tanto, alegrarse de recibir una avalancha de refugiados que en muchos casos vienen con lo puesto, y a los que va a haber que dar dinero, comida y trabajo, no debería ser, al menos económicamente, una actitud muy deseable; aunque, al fin y al cabo, no tenemos porqué quejarnos, ya que a pesar de la batería impositiva del Sr. Montoro durante los últimos cuatro años, las suelas de nuestros zapatos, todavía son de caucho.
Miguel Córdoba.
Profesor de Economía Financiera
Universidad CEU-San Pablo