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El número de milmillonarios se ha duplicado desde el inicio de la crisis

En el último año las 20 personas más ricas de España incrementaron su fortuna en 15.450 millones de dólares, más de 1.760.000 dólares por hora, y poseen hoy tanto como el 30% más pobre de la población, casi 14 millones de personas. Así lo pone de manifiesto el informe ‘Iguales: Acabemos con la desigualdad extrema. Es hora de cambiar las reglas’, publicado este jueves por Oxfam (Intermón Oxfam en España).

Según la ONG, España es el segundo país más desigual de la UE y considera que para corregir esta situación no “basta con esperar a que la economía mejore”. El Gobierno del PP va “en dirección contraria”, con una reforma fiscal que no mejorará la recaudación y unos presupuestos generales para 2015 que no atienden a lo público, señala.

En Este trabajo, Oxfam recuerda que las 85 personas más ricas del mundo poseen lo mismo que la mitad más pobre de la población, y alerta sobre el aumento “galopante” de la desigualdad en el mundo. En un año (marzo 2013-marzo 2014), estas 85 personas incrementaron su riqueza en 688 millones de dólares al día, y en el mismo período, el patrimonio de los 20 españoles más ricos creció 15.450 millones de dólares.

El número de milmillonarios en el mundo se ha más que duplicado desde el inicio de la crisis, agregó Oxfam. Sólo en Latinoamérica y el Caribe, las personas que acumulan más de mil millones de dólares aumentaron un 38% entre 2013 y 2014, mientras que en África subsahariana 16 milmillonarios conviven 358 millones de personas en pobreza extrema. Según el informe, el 70% de la ciudadanía mundial vive en un país donde la desigualdad ha aumentado en los últimos 20 años.

“Si Bill Gates quisiera utilizar toda su riqueza y se gastase 1 millón de dólares al día, necesitaría 218 años para acabar con su fortuna”, resalta el trabajo. Oxfam subraya que la riqueza extrema no “es sólo un asunto de los países desarrollados”, puesto que el hombre más rico del mundo es el mexicano Carlos Slim.

CONTRA LOS MITOS

El informe desmiente además la creencia “extendida en Occidente” de que la desigualdad “resulta positiva” de cara a incentivar el esfuerzo y premiar a los mejores. Llegados a un punto en la evolución del capitalismo, los recursos tienden a concentrarse en pocas manos, y el aumento de la desigualdad empieza a dificultar el crecimiento económico.

Ello se debe a que gran parte de la población no puede acceder a unos servicios sanitarios y educativos de calidad, con lo que su potencial para el crecimiento nacional “se pierde”. Como ejemplo, Oxfam compara la tasa de mortalidad de los niños menores de cinco años en Nigeria con la de Bangladesh, un país de renta similar (quizás algo más pobre) pero que, al ser más igualitario, presenta una mortalidad infantil tres veces menor.

Asegura que estos niños que mueren, o que no acceden a más de un año de educación Primaria, nunca aportarán a sus naciones todo lo que podrían. Además, la desigualdad genera más violencia, incrementa la brecha entre los géneros y dificulta la reducción de la pobreza.

El informe indica que América Latina supone el ejemplo perfecto de ello, puesto que es la región más desigual del mundo (también la que más ha crecido en los últimos años) y en la que mayores índices de muertes violentas se producen al día.

Representa también a la perfección los resultados de lo que el trabajo de Oxfam apunta como principales causantes de la desigualdad: el fundamentalismo de mercado y la captura política por parte de las élites.

Las rebajas fiscales, la desregulación del sector financiero, la privatización de empresas públicas y el desmantelamiento de servicios básicos como el agua, la sanidad o la educación impuestos por el FMI y los distintos gobiernos durante los 90 han supuesto un incremento exponencial de la desigualdad en la región. Aunque en menor medida, lo mismo ha sucedido en Europa del Este, África y, años después, en Europa Occidental y EE.UU.

Este tipo de leyes ilustra a la perfección algo que Oxfam denomina “secuestro de la democracia” por parte de las élites, en el sentido de que los lobbies, las multinacionales y en general las grandes fortunas impulsan normas que solo favorecen sus intereses, no los de la mayoría de votantes.

 

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