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Si se le suma su probada capacidad para el plagio y la mentalidad colectiva de trabajar hasta la extenuación, el plato está más que servido.

 

No me entiendan mal. No me caen mal los chinos. Los de mi barrio, por ejemplo emplean por horas a mujeres paradas de larga duración, cosa que no he visto hacer a ninguno de los otros comerciantes de su calle, ni de las de al lado. Además de currantes y respetuosos, tienen valores y saben ganarse a quienes les rodean, sabedores de que el vecindario se conquista con la sonrisa, la atención eficiente, el cambio sin regateos y vidas de pocos excesos. Quitando, claro está, a algunos pseudocapos. Pero es que esos no son chinos, aunque lo sean.

Así que no me caen mal. Pero los hechos son los hechos. Primero se desperdigaron por el mundo, después nos enseñaron a agachar el lomo como los occidentales ya no queremos, luego compraron nuestra deuda pública y hoy, además, y de remate, su Gobierno declara la ciberguerra a Occidente. ¿Que no saben ustedes qué es la ciberguerra? Pues pónganse las pilas, que ya ha empezado.

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