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Striptease a la española

Y aquellos que asisten al desnudo integral, lo hacen –en parte- por gusto, pero también por el morbo de saber qué oculta debajo del ropaje aquel que decide quedarse como vino al mundo. Y así nos va. Que llevamos unos días revolucionados porque el Partido Popular, el presidente del Gobierno y algunos autonómicos, han decidido desnudarse ante la opinión pública y mostrar sus declaraciones de la renta, para demostrar que están limpios. Vamos, que nunca han cobrado dinero negro, como si eso pudiera demostrarse con la declaración de IRPF.

Ellos lo saben, nosotros lo sabemos, y aquí paz y después gloria. Se presenta como un gran ejercicio de transparencia, que nunca se ha hecho y que, por lo tanto, debe ser digno de elogio. Sin embargo, muchas veces se olvidan nuestros dirigentes, de que eso no debería ser digno de elogio, ni algo excepcional. Que debería ser algo natural, por no decir obligatorio. Es decir, que los políticos, los partidos, la patronal, las fundaciones, los sindicatos, las empresas públicas y todo aquel que reciba dinero público –o trabaje para la Administración en puestos relevantes- deberían ser naturistas. Vamos, que deberían ir en pelota picada por la calle, para que sus cuentas y sus dineros estuvieran bien claros. Eso que ahora se llama transparencia. Algo tan normal en otros países, y tan extraño en España donde el dinero público –ya lo dijo una ministra- no era de nadie.

Como el desnudo y el striptise económico está de moda, ahora Rubalcaba quiere llevarlo a la máxima potencia. Y para evitar que podamos tener corruptos, gente opaca, que no se desnude –que por cierto, podía dar ejemplo- quiere crear un cuerpo de élite, perteneciente a la Administración, formado por gente –dice- incorruptible, y que investigue a todo aquel que no se despelote. Es más, si detectan alguna irregularidad, podrían presentarse por sorpresa para cazarlos in fraganti. ¿Suena bien, no? Lo malo es que esa propuesta recuerda un poco a aquella famosa  Ley de los 80, de la patada en la puerta. La Ley Corcuera que, por fortuna, abandonamos hace tiempo. Y no sólo eso, es que eso supone dar la vuelta a la tortilla: todo el mundo es sospechoso, hasta que demuestre lo contrario. Y oiga, eso empieza a ser un camino difícilmente asumible en una democracia.