El esplendor en la hierba

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Terminada la Segunda  Guerra Mundial  desde 1945 a 1970 EEUU disfrutó de un largo periodo de crecimiento  y se inicio la globalización del desarrollo económico.  En 1960, el año en que  John  Kennedy fuera elegido presidente, el 90% de los hogares americanos tenían televisión. En 1961,  el director de cine de origen griego Elia Kazan, en plena racha de euforia  económica,  eligió  evocar los años de la Gran Depresión con su película El Esplendor en la Hierba.

William Inge, que recibió  El Óscar al mejor guion por la película,  no  podía intuir, treinta años antes de que se descubriera,  que  el cerebro, en lugar de ser un único sistema,  tiene diversas clases de memoria.  Así, dentro de la memoria consciente existe una memoria episódica que  se ocupa de recopilar los contextos  espaciales (donde ocurrieron los acontecimientos) y temporales (cuando ocurrieron los acontecimientos).  Y existe otra memoria consciente, ubicada en otro lugar distinto  del cerebro que se denomina  memoria semántica  que recoge los personajes,  las historias y  el vocabulario. 

Por otra parte, mientras estamos sentados en una butaca del cine están trabajando  al alimón otras dos clases de memoria,   de un lado  la memoria a corto plazo que dura solo unos frágiles minutos, y por otro lado la memoria a largo plazo, que es mucho más estable y que puede durar días, semanas o años. De la negociación entre ambas clases de  memoria dependerá  que escenas de la película  recordamos y cuáles no.

Para el individuo que vive en sociedad, toda situación cotidiana es de alguna manera una película dentro de otra en la que se mezclan diversas realidades y engaños, actuaciones  y roles desempeñados.  La diferencia entre un actor profesional y un actor social  no es más que la hiperritualización  que el primero  hace   de las ceremonias cotidianas.  En términos tecnológicos,  el fingimiento y la insinceridad son las herramientas culturales que permiten la vida social al hombre  biológico  al que tratamos de disfrazar de coherencia  a través de historias y  personajes.  Como  ínvidos sociales somos nuestros propios carceleros, aunque a algunos les puedan  parecer cómodos  algunos de los papeles que desempeñan  simultánea  ó sucesivamente, como  por ejemplo; padre, esposo,  sindicalista, o aficionado a los toros.

Grandes impostores como  Inge y Kazan  han tenido especial fortuna  para hiperritualizar los personajes  y estereotipar los contextos  de tal forma que , dado que el cerebro no hace  grandes diferencias entre el mundo virtual y el real, los espectadores actuamos  como marionetas neuronales, llorando  y sintiendo como Natalie  Wood, entendiendo el personaje a través de un proceso emocional en el que nos convertimos en el personaje de la pantalla  experimentando sus sentimientos.

Paradójicamente, en el cine se produce una desconexión del espectador (el individuo) con su entorno social, y es,  en estos momentos en los que el individuo  es libre, porque  puede dedicarlos (ó  no) a las ensoñaciones que son el territorio soberano de la consciencia.  Paradójicamente  los espectadores de una sala de cine,  desconectados de sus acompañantes y sobre todo de sus roles y mascaras descansan de la tediosa tarea de reeditar las pantomimas  cotidianas ante su público (los hijos, la esposa, el comité de empresa y  la peña taurina),  para,   por el contrario, ejercer su soberanía  como individuos libres y  solitarios.

Y, en este recinto de individualidad es donde  los estereotipos contextuales o los personajes hiperritualizados  serán aceptados,   ó no,  para ser grabados por la memoria a largo plazo que, normalmente decidirá  que almacena y que no, en función de variables ajenas a la voluntad, como son las emociones. Cuando Warren Beatty dice “nunca podre olvidarte”  recoge esta  imposibilidad de la consciencia humana de imponerse a las emociones, que son en definitiva las que deciden  que forma parte de nuestra memoria y de nuestro pasado.

El futuro siempre nos aparece muy frágil frente al amenazante y sórdido pasado.  Quizás para exorcizar  ese pasado y todos los pasados en general  que se acumulan en nuestra memoria el “anusim”  que fue William Inge eligió un marco temporal  como la Gran Depresión  y este lamentable final; Aunque  mis ojos ya no puedan ver ese puro destello, que me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba,  de la gloria en las flores, no hay que afligirse. Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo…

Fernando Alvarez-Barón Rodriguez