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Hagámosle un 4-0 a la crisis

Si hoy opto por hablarles de otra cosa que no sea la aplastante victoria española en la final de la Eurocopa, lo más probable es que me manden a paseo, y con razón. Y, la verdad, podría decirles aquello de que mientras España levantaba la copa, los incendios de Valencia, tanto los reales como los institucionales, siguen a lo suyo. Pero ese discurso, el del fútbol opio del pueblo, ya está manido, gastado, y no nos lleva a buen puerto de ninguna manera.

Así que me tomo la libertad de agradecer a la selección española dos cosas. La primera, que durante 600 minutos ha logrado hacer olvidar una ingrata realidad al 95% de nuestros paisanos, sino a más. La segunda, que su manera de afrontar el juego bien podríamos apuntarla como inyección de vitalidad nacional, no por lo patriotero, sino por saber que cuando las cosas se hacen en equipo, y se hacen bien, los resultados siempre llegan.

Porque quizá se trata de eso. De achuchar al especulador incluso cuando esté tocado anímicamente, de no agachar la cabeza cuando vengan mal dadas y, más difícil aún, no ponernos festivaleros cuando las circunstancias nos son favorables. Sudar la camiseta en el día a día, y no sólo cuando le marcamos un gol a la vida, y sobre todo no lloriquear despidos más flexibles o salarios más contenidos, sino poner todo el empeño sin perder la cabeza ni ponernos señoritos.