Prohibido llorar al difunto

Digo yo que al bueno de don José alguna vida querida se le habrá ido ya de entre las manos; que, a fin de cuentas, todos venimos a este cochino mundo para irnos algún día. Incluido él, al que, parece, el hecho de que los permisos por la muerte de un familiar sean de cuatro días le debe sonar a blandenguería tonta, a debilidad propia de la clase obrera. O sea, un grano en el trasero de la empresa antes que una pérdida para el familiar del difunto.  Y dice que no hace falta esa barbaridad de cuatro días porque, literal, ya no se viaja en diligencia.

Hombre, don José. A lo mejor usted se puede permitir dos días de permiso y dos días sin sueldo. No lo sé. Digo “a lo mejor”. O a lo mejor es que tuvo un trauma en la infancia. O que pinchó en su última cita. Yo qué sé. Pero no me venga con esas. A ver cómo se lo digo: yo pienso tomarme los días que me vengan en gana cuando me falte alguno de los míos. Las leyes no me dictan cuánta es la pena legal que puedo gastar. Y menos, si vienen de alguien con un concepto de humanidad tan rastrero y tacaño. Usted sabrá en qué gasta saliva, pero para mí que ha metido la pata hasta el fondo. 

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