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Mein Kampf a tiro de piedra

Cuando el primo Adolfo empezó a rociar su particular gasolina sobre el electorado, el país contaba 6 millones de parados sobre, ya entonces, una población de 60 millones. Echen las cuentas y verán cómo, puestos a cifras, ya ganamos por goleada a aquella Alemania exhausta e inflamable.

 

No es en lo único que esta Europa sin rumbo, y esta España maltratada por su clase política, tienen en común con aquella sociedad prehitleriana. También está el rechazo a todo aquello que huele a planteamientos socioeconómicos de conveniencia, a pasteleo entre poderes. Una desmotivación que, en unas orillas, genera joyas literarias como el ‘Ensayo sobre la lucidez’ de José Saramago y, en otras, títulos del corte de Mein Kampf. Pero el origen es el mismo.

Unos líderes que hace solo cinco años proclamaban a los cuatro vientos las bondades de la europeizada economía chipriota no pueden decir ahora que vaya mala suerte, que se equivocaron, que ellos no querían. Cada minuto que pasan en sus poltronas están alentando la llegada de un Adolfo, o un Benito, que se alimente de la ira de las masas para meternos en la locura de una solución a la brava. Serán demócratas, pero alimentan el fascio de nuevo cuño.