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Peggy Guggenheim, la coleccionista de arte que compraba como loca

Peggy en su Palacio de Venecia GTRES
Peggy en su Palacio de Venecia GTRES

Respondía al nombre de Marguerite. Nació entre dinero, tuvo dinero y ayudó con dinero arrastrada por la lástima que sentía por los artistas con los que trabajaba. Lo que no sabía la alocada y extravagante Peggy es que gracias a esa consideración con los artistas de vanguardia se iba a convertir en una de las coleccionistas más importantes del S.XX.

Hija de Benjamin Guggenheim, un magnate dedicado al mundo de la metalurgia, mujeriego y poco astuto para los negocios, que encontró la muerte en el hundimiento del Titanic en 1912 junto con su amante, Léontine Aubart. Esta repentina muerte dejó en las manos de Peggy con 21 años una fortuna de casi 3 millones de dólares, un dineral en aquella época. Primer contacto directo con la riqueza. Joven y con ese colchón vivía la vida, pero aun así comenzó a trabajar en una biblioteca donde conoció la revolución social que se vivía en Europa y que se reflejaba en las obras de arte, se iba dejando de lado la figuración para apostar por otros estilos más rompedores como el cubismo, el dadaísmo o el surrealismo.

Compraba por lástima las obras de los vanguardistas

Partió a París en 1920 donde conoció al rompedor Marcel Duchamp, su obra más famosa es “La Fuente”, un urinario elevado a obra de arte. El juicio de si esto es arte o no, lo obviaremos, levanta demasiadas opiniones enfrentadas. Él enseñó a Guggenheim la belleza del arte fuera del academicismo, un cariño por la modernidad que le llevó a abrir su primera galería. Con 40 años su madre muere y hereda 450.000 dólares. Se preguntó a sí misma: ¿Qué hago? “Monté la galería de arte porque pensé que era más barato que una editorial, nunca pensé que gastaría tanto”. La primera exposición fue con Jean Cocteau, un desconocido pintor del que no se vendió nada. Ella, por lástima, invertía su fortuna en comprar secretamente los lienzos para que ellos no se sintieran mal. Finalmente tuvo que cerrar, el público inglés no entendió la modernidad que más tarde en NY llenaría salas y los bolsillos de las casas de subastas.

Ella ya era rica, no tenía que usar a los hombres

Le gustaba el lujo y tenía buen gusto, pero la vida le maltrató, lo que hizo de ella una mujer en libertad. Decía que era libre antes de que el término se inventara para las mujeres. Pero a diferencia de Chanel, ella no usó a los hombres para financiarse, ni sabía lo que era pasar apreturas. Se podía permitir vivir en las mejores zonas de las ciudades europeas, en los mejores palacios, comprar coches de lujo y hacer inversiones en arte.

Sabía lo que era la riqueza y también el dolor de la humillación. Su marido, el artista Laurence Vail obligó en una ocasión a Peggy a meterse vestida en el mar e ir al cine mojada. Nada tiene que ver con el dinero, pero sí con las decisiones que más tarde tomará a la hora de invertirlo haciendo uso de, muchas veces, el valor del dinero: la libertad.

Peggy posa con las primeras obras de Pollock GTRES
Peggy posa con las primeras obras de Pollock GTRES

Su lema: comprar una obra cada día

Sabía dónde poner su dinero, compraba obras muy baratas, sobre todo cuando la II Guerra Mundial estalló en el viejo continente. Tenía en este momento una premisa: “Comprar una obra cada día”. Aquí está el germen de su colección, pero París era peligroso y decadente. Se fue a hacer las américas creando “Art of this Century Gallery” con la que hizo fortuna, descubrió a Jackson Pollock y su “action painting”. Por cierto, que hoy en día una de las pinturas del americano se subastó por Sotheby’s por 140 millones de dólares, situándose en el top de las obras de artes más caras de la historia.

Pero la mujer en libertad se cansó. Cerró en el 47 la galería para irse a Venecia a pasear con su góndola privada por los canales italianos y habitar en el Palacio Venier Dei Leoni junto a sus 11 perros y sus sirvientes. Eso sí que es saber vivir.

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