Algorithmic trading, ¿una cuestión ética?

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Una de las grandezas de la vida es que en la mayoría de las ocasiones no hay una respuesta unívoca para explicar un suceso, es más, muchas veces la diversidad de posibles razones comprende la realidad, y eso es bueno.

Hoy en día, como hijos naturales de los contextos macroeconómicos y presas de los mismos pánicos, los mercados financieros viven una extraña travesía donde lo que antes era ya no es. En el ojo del huracán, en el mismo equipo que los bancos irresponsables, los promotores inmobiliarios, los derivados de crédito (CDS/CDO), los activos tóxicos y la agencias de calificación están, por supuesto, los algorithmic traders, esas máquinas que educadas por sabias manos matemáticas y soportadas por redes de baja latencia, son capaces de decidir por ellas mismas y traducir esa decisión en ejecuciones en mercado… todo esto con altos volúmenes de operaciones hasta conformar un porcentaje muy alto del volumen negociado en los mercados de capitales mundiales, EEUU, Europa y Asia. Se les acusa de generar confusión, de agrandar la brecha tecnológica, de burlar a los reguladores, de ocasionar situaciones ilógicas en los mercados, de generar ruido y volatilidad e, incluso, de simbolizar de alguna manera el nuevo “dinero fácil” cosa que, ya sabemos, a la demagogia le da alas para el aplauso fácil.

Desde esta tribuna me gustaría romper una lanza por estos sistemas que hoy en día forman un núcleo duro en los mercados financieros y que en muchas plazas conforman los grandes aportadores de liquidez, una de las grandes batallas hoy en día. Por estos actores que, según diversos estudios, son capaces de autorregular el mercado y disminuir la volatilidad como un centro de gravedad dinámico.

Mientras los reguladores se rompen la cabeza para proponer directivas que aumenten la transparencia, la existencia de estas “inteligencias artificiales” deriva directamente en un aumento de la competitividad hasta el punto de que los márgenes se aprietan y se reducen las ganancias excesivas de los operadores “tradicionales” y mejores precios para los clientes finales. Si MiFid únicamente creó confusión luchando por la transparecnai, los Algos, ellos solos y sin que nadie se lo pida, se ocupan de que los grandes banqueros, sin dejar de ganar dinero, se pongan las pilas.

De forma natural giro la cabeza hacia el problema ético que suponen las agencias de calificación y propongo que se desplace la luz pública hacia ellas, la espiral del caos no la originaron ellas, pero sí que fueron pieza clave para que el aleteo de un mariposa en Hawaii se haya convertido en la tormenta perfecta.